VENEZOLANAS

Cuando voy por las calles y me cruzo con una venezolana vendiendo sus arepas o su tizana me vienen tantos recuerdos que en cuestión de segundos se me eriza la piel y se me endurece la pinga. Desde hace muchos años he tenido la suerte de tener convivir muy de cerca con los hermanos venezolanos y he disfrutado de ese estilo de vida muy cercano al libertinaje que ellos practican y que en nuestro país aún nos cuesta adoptar.

El primer recuerdo que se me viene a la mente es de hace unos 10 años atrás, ingresaba a mi último grado de la secundaria y nos habíamos quedado sin empleada en casa. Mi madre desesperada porque no tenía quien le ayude con los quehaceres domésticos le pidió a todas sus amistades y familiares que le recomendasen alguna chica para trabajar en la casa con cama adentro. Los días pasaban y nadie le daba a mi madre la esperanza de un apoyo en tan pesada labor como es el ser ama de casa.

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Cuando ya estaba casi resignada a cargar con esa cruz de atendernos, lavarnos, plancharnos, cocinarnos, entre otras muchas labores del hogar una llamada telefónica cambio su vida y la mía. Era la tía Isabel, hermana de mi abuela materna quien le daba a mi madre (y a mi) una excelente noticia: tenía una chica recién llegada de Venezuela para trabajar de empleada doméstica en nuestra casa y apoyarla en todo lo que se nos ofrezca. Ella era de Caracas, tenía 20 años, venía a Lima en busca de una mejora económica y para iniciar estudios universitarios que le permitan contar con una carrera profesional.

Desde que Génesis llego a casa nos contagió de esa picardía y alegría propia de las chicas de su país. Cada vez que tenía sus ratos libres ella se ponía a ver televisión con mis hermanos menores o ponía música en la cocina y se ponía a bailar de una manera muy sensual. Era una morocha simpática, de un cuerpo envidiable para cualquier mujer: senos y culo perfectos es decir redondos, duros y enormes. Traía locos a todos los hombres del vecindario quienes la esperaban afuera de la casa para decirle piropos o afanarla al paso mientras ella iba a la tienda o al mercado a comprar. Ella sin embargo a pesar de ser muy abierta y divertida nunca aprovecho sus domingos al menos ese primer mes que trabajo con nosotros. Decía que no tenía conocidos en Lima y no sabría a donde ir.

Entonces comencé a acercarme más a ella. Después de clases y cuando mis hermanos menores se entretenían jugando en su cuarto yo iba donde Génesis y nos poníamos a conversar de todo. Ella decía que era muy divertido, que la hacía reír mucho. Entonces le dije si no tenía nada que hacer los domingos podía yo llevarla a conocer la ciudad. Desde entonces todos los domingos siguientes nos la pasábamos de lo mejor, la lleve a las plazas más concurridas de la ciudad, la lleve a los centros comerciales, a los principales parques temáticos y finalmente la lleve a la playa, a caminar a orillas del mar.

Ese momento fue mágico ya que primero fuimos a un paseo en bote y ella me conto que hacía mucho que no veía el mar. Me agradeció por esa tarde y por todas las demás y me dio un beso. Tremendo beso con lengua que me dejo embobado pero además me dejo muy caliente. De regreso a casa no me beso pero yo trataba de buscar que suceda pero ella me evito. Al llegar a casa mis padres me dijeron que se iban a un velorio ya que había fallecido un amigo de la familia y que no los espere despierto ya que llegarían tarde. Aproveche entonces la ausencia de mis padres en la casa y cuando mis hermanos dormían sigilosamente me fui al cuarto de génesis.

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Intente no hacer mucho ruido e ingrese a su habitación, me puse al pie de su cama y al tenerla frente a mí no me resistí y le quite la sabana que le cubría el cuerpo. Grande fue mi sorpresa cuando al destaparla note que estaba totalmente desnuda. Entonces se puso en pie y me dijo “te estaba esperando” y me dio un beso muy apasionado que inmediatamente me puso la pinga dura y parada. Luego de unos 20 minutos de devorar nuestros labios y lenguas con tanto fuego en los besos que nos dimos ella comenzó a quitarme la ropa. Una vez desnudos nos metimos en la cama y entonces allí adentro ella me trato como si fuera una de las kinesiologas venezolanas más experimentadas del país.

Debo confesar que no había tenido una experiencia sexual antes de esta. Si bien es cierto tenía mi novia en el colegio con ella solo había llegado a los besos y algunos juegos sexuales mas no a la penetración misma. Génesis en cambio me regalo la posibilidad de experimentar placeres que hasta ese momento me eran negados. Me hizo una mamada de miembro maravilloso que de la excitación le llene la boca de mi leche. Ella se lo trago y saboreaba mi semen diciendo que estaba deliciosa. Luego me limpio mi pene con su lengua y rápidamente me provoco otra erección. Esta nueva emoción de mi pinga la supo aprovechar muy bien ya que se trepo encima mío y con unos movimientos muy sensuales iniciaba una nueva sensación de placeres que venían cargados de gemidos y gritos de excitación por parte de ella. Yo lo disfrutaba también y trataba de seguirle el ritmo de sus movimientos. Luego de mucha cabalgata me levanto y se puso de cuatro patas cogió mi pene aun erecto y se lo coloco en la boca de su conchita diciéndome “empújamelo todito chico” y entonces comencé a bombear. Su conchita estaba ardiendo y apretaba mi pene de manera maravillosa. Le di sin parar hasta que sentía que se me venía nuevamente la leche. Entonces ella se retiró rápidamente y metió mi pinga en su boca para nuevamente tragarse todo mi semen.

Desde ese día cada vez que podía me daba mis escapadas al cuarto de la veneca, pero con el pasar de los meses se hacia la labor más complicada ya que siempre por esperar a que mis padres se duerman terminaba por dormirme yo. Después de esa ocasión solo pude repetir el plato un par de veces más y en realidad fueron mejores experiencias que la primera vez. Sin embargo con el pasar de los meses ella también se fue. Al parecer problemas con mi madre hicieron que un día simplemente ya no la encuentre en la casa sin ninguna explicación especifica. Luego de unos años a mi padre le entregaron la casa que tanto esfuerzo le había generado. Nos mudamos en pleno verano y en mi nuevo barrio tendría mi segunda experiencia con las kinesiologas venezolanas en Lima.

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Tenía poco tiempo de haberme mudado al barrio cuando casi al mismo tiempo se pasó a vivir al lado de mi casa una mujer que alborotó al vecindario entero. Ya tenía 18 años. Mi padre trabajaba todo el día y mi madre se había vuelto una loca de los cursos de cocina y chucherías con una tía que vivía cerca a nuestra nueva casa. Por las tardes, al regresar de la universidad, me tocaba cuidar a mis hermanos menores. Yo vi cuando el camión de mudanzas bajaba las cosas de la vecina esa tarde. La primera vez que la vi estaba de espaldas y me gane con ese cuerpazo que se manejaba. Cuando se volteó vi a la mujer más hermosa que había visto en mi vida: dueña de un precioso cabello largo negro, liso, brillante, como comercial de shampú de la televisión.

Los muchachos de la mudanza llevaban una tele grandota de esas modernas, muebles grandes y un montón de maletas. Cuando me vio allí parado me pidió que le ayudara a bajar algunas cosas, me guiñó el ojo y me dijo guapo. Le ayudé a bajar los muebles de la sala y el comedor. Me dijo que se llamaba Grecia. Era linda y por el dejo era venezolana. Yo me enamoré como un idiota al instante. Al día siguiente de su traslado vi que llegaron varios carros a distintas horas, se estacionaban frente a la casa y luego de una o dos horas se iban. Cada vez que me la encontraba en la calle, la vecina venezolana me saludaba con una hermosa sonrisa que me dejaba babeando.

Luego de hacer las tareas regresando del colegio a veces me quedaba sin más qué hacer. En una de tantas tardes dejé a mis hermanitos viendo la tele, salí al patio y de intención tiré una pelota plástica al techo para tener la excusa de subirme. Subí para ver si la vecina andaba por ahí. Hacía una tarde soleada, ella estaba en el jardín, recostada en una silla de playa con un biquini rojo como única vestimenta. Su bronceado era perfecto. Yo me olvidé de buscar la pelota y de todo el mundo que me rodeaba. No sé si se dio cuenta de que la estaba viendo, pero en eso sonó su celular y ella corrió adentro a responder. Sus pechos rebotaban y mis ojos con ellos cuando echó la carrera por el teléfono. No aguante al ver tanta perfección en una sola mujer y corrí al baño que teníamos en el patio para masturbarme pensando en ella.

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De los carros que se estacionaban frente a su casa bajaban sólo hombres, generalmente ejecutivos. Casi siempre llegaban por la tarde, aunque no era raro que llegaran por la mañana y por la noche también, pero casi todos solo se mantenían a su lado un par de horas a lo mucho. Yo me subía todas las tardes al techo para ver si veía algo. A veces la encontraba barriendo el patio y me saludaba siempre de buen humor. Por lo regular andaba por la casa con shorts y en sandalias. Siempre era un espectáculo verla y siempre terminaba yo encerrado en el baño.

A mi mamá le molestaba la presencia de la vecina en el barrio. Una vez que me sorprendió saludándola en la calle, me prohibió dirigirle la palabra a esa prosti. Fue la primera vez que escuché esa palabra, hasta me dio risa. Casi me gano una cachetada de mi madre por la sonrisita burlona. Sin embargo, por las tardes yo siempre subía al techo y si ella andaba por ahí, saludaba a la bella Grecia. Cierta vez me la cruce en la tienda del barrio, yo estaba con mis hermanitos y como le cayeron en gracia les compró unos dulces a ellos y a mí me regalo un beso en la mejilla y unos cuantos minutos de conversación coquetona. Se portaba buena onda conmigo. Demasiado diría yo. Significaría algo?

Cuando Grecia se paseaba por las calles del barrio no había presencia masculina que no se volteara a verla pasar. Pero a todos los tenían bien vigilados sus mujeres y pocos se atrevían a saludarla, por lo menos al principio. Incluso en una sesión del comité de vecinos varias mujeres se quejaron de su presencia, pero Grecia era de las que siempre pagaba puntual las cuotas del mantenimiento y la vigilancia, y además, los directivos del comité eran todos hombres. Los directivos, para calmar a las vecinas airadas y celosas prometieron hablar con la pobre venezolana, cosa que por supuesto no hicieron.

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Por las tardes seguía subiendo al techo de la casa siempre con la esperanza de que esta despampanante venezolana me regalase una sonrisa y su saludo. No siempre tenía suerte porque salía o tenía visitas. Una de tantas tardes, sin embargo, la vi llorando mientras barría el patio. Al verme, en medio de sus lágrimas, me saludó con una sonrisa.

—¿Por qué no bajás un ratito? —me dijo limpiándose las lagrimas.

Mi corazón empezó a latir con mucha velocidad y apenas atiné a preguntarle qué le pasaba.

—Bajá y te cuento- me dijo.

Bajé lo más rápido que pude, por poco y me lanzo desde lo alto de mi techo. Muchas veces había visto por dónde me podía bajar si alguna vez se me daba la oportunidad, así que no fue difícil. Me dio un beso húmedo entre la mejilla y mis labios y termino en un abrazo muy fuerte como necesitando mi consuelo. Me hizo pasar a su sala y me sirvió una gaseosa mientras tomaba su copa de vino. Me preguntó por mis hermanitos y mis papás, por la universidad. Se sentó al lado mío en el sillón y me cogía de vez en cuando la pierna mientras conversábamos. Conforme iban pasando los minutos el vino iba haciendo efecto en ella y con un poco más de confianza gracias al licor, me contó por qué lloraba.

—Mi novio me dejó, por eso lloro —dijo suspirando—. Como te vi ahí, tan lindo como siempre, pensé en que bajaras un rato para no sentirme sola.

—Ah, qué pena lo de tu novio. Pero porque te dejo? —le dije yo, apenas con suficiente fuerza para ser escuchado.

—Los celos y los chismes que llegaron a sus oídos. No soporto enterarse de algunas cosas y pues me reclamo. No me gusta que quieran dominar en mi vida asi es que se lo hice saber y el decidió dar por terminada nuestra relación- me conto al borde del llanto.

—Que tonto, si yo tuviera una chica tan hermosa como tú a mi lado no te haría llorar, al contrario buscaría la manera de hacerte reír siempre, con chistes, con detalles, con esas cosas que siempre deben existir en una relación de pareja-le dije abrazándola fuerte.

—La gente no me quiere porque soy amable con los hombres. Pero tú no eres como la gente, tu eres lindo y siempre estas pendiente de mi de alguna u otra forma.

Se acercó a mí y me repetía que era lindo, muy lindo. Mi corazón latía a mil por hora. Me empezó a besar y a quitarme la ropa.

—Yo, yo…este, no tengo condón —dije, casi sin voz, suplicando.

—No te preocupes, yo tengo, corazón-me dijo sin dejar de besar mi cuerpo ya desnudo.

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Fue sentirme en el cielo cuando mi adorada Grecia comenzó a mamarme la pieza de una manera magistral. Recordé entonces mi primera experiencia con una paisana suya y concluí entonces que las de ese país son unas adictas al sexo y a las mamadas ya que ambas me hicieron un exquisito sexo oral previo a nuestros encuentros en la cama. Tanto en uno como en el otro hay muchas. A pesar de los halagos y sonrisas que me manda Grecia todos días que me ve llegar por la calle o simplemente cuando me trepo en el techo con la escalera solo para poder apreciarla en su máxima expresión.

Al volver a casa esa noche después de la manifestación de afecto mas sincera que haya podido experimentar, yo me sentía un supermán. Me conecté a internet y empecé a chatear con el primero que viera conectado, mi primer amigo que vi conectado fue manolo a quien le conté todo lo que habíamos hecho en el patio (aumentando un poco la hazaña) . Ya antes les había pasado a mis amigos mas cercanos algunas fotos de Grecia tomadas con mi celular y al contarle todo al Manolo, prefirió llamarme al teléfono de la casa para que le contara todos los detalles. “Eres mi ídolo- me dijo- no lo puedo creer”.

Durante las siguientes dos semanas, todas las tardes, sin falta, subí al techo de la casa pero no la vi. Veía los carros de siempre, el movimiento de siempre. La vi algunas veces por la calle y me saludaba como siempre, pero si intentaba acercarme, me decía “ahora no corazón”. Seguí subiendo al techo, como un ritual religioso, todas las tardes, a la misma hora, mientras mis hermanitos veían los dibujos en la tele. Al fin, una tarde se asomó.

—Bajá, corazón-me dijo.

Fueron el par de palabras que más había esperado que me dijera desde la última vez que la vi. Bajé tan rápido como pude y me puse a sus órdenes.

—Me voy de aquí, corazón. Sólo quiero despedirte como se debe.

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Fue muy cariñosa conmigo. Cuando me dijo que al otro día se iba del vecindario, me partió el alma, incluso se me salieron unas cuantas lágrimas. Ella lloró. Me dijo que sólo quería que alguien la extrañara, que alguien la recordara si no para siempre, que por lo menos se recordara de ella de vez en cuando. Me empezó a besar y a decir que era lindo mientras me desabotonaba la camisa.

Al día siguiente llegó el camión de mudanzas. Yo le ayudé a subir los muebles y a dejar limpia la casa. Me dijo que se iba con una amiga ya que no podía pagar el alquiler de la casa que antes pagaba su novio. Me dijo que cuando consiga un lugar fijo pasaría por el vecindario y me invitaría a tomar una coca cola en su nueva casa. Me despidió con un beso en los labios y se subió a su carro. Fue la última vez que la vi. Miré al camión de mudanzas ir tras el carro de ella. Yo me quedé en la calle hasta que dejé de escuchar el ruido del motor de su carro. Me senté en la acera, cabizbajo, triste. No sentí que empezó a llover sino hasta que mi hermanito salió y me llamó para adentro.

Han pasado cerca de cinco años de ese día y hasta hoy la recuerdo, pero lo que son las casualidades y lo que te tiene deparado el destino. Una tarde cuando los amigos del trabajo planificaban irse de juerga a un concurrido prostíbulo en las afueras de la ciudad, me dijeron si quería participar de aquella expedición a ese lugar muy mentado. Estresado por el trabajo acepte la invitación y al salir de la oficina nos dirigimos en el auto de uno de los aventureros hacia nuestro encuentro con las kinesiologas de ese antro.

Mientras daba mis vueltas de rutina por los pasillos de ese chongo una puerta atrás mía se abre y escucho una voz suave y melodiosa “Eres tu lindo?” Al voltear mi rostro me encontré con ella. Era Grecia quien estaba en diminutas prendas y quien me abrazo muy fuerte. Por fin la había encontrado y desde entonces ese lugar de perdición se volvió en mi lugar favorito.